EL PSICOANALISIS NO ES UNA CIENCIA (MIQUEL BASSOLS)

Esta fue la afirmación de Jacques Lacan en la conferencia que dictó en el Instituto de Tecnología de Massachusetts [1], durante su visita a los Estados Unidos en 1975.

Llegó a esta conclusión después de algunas décadas de haber referido el psicoanálisis al campo de la ciencia, primero mediante la lingüística y la antropología, y más tarde a través del uso de las matemáticas y la lógica.

Sigmund Freud siempre pensó que el psicoanálisis tenía sus referencias en el campo de las ciencias naturales, habiendo surgido de estas ciencias, como una práctica derivada de la medicina. Fue durante los años 50 y 60 que Jacques Lacan vinculó el psicoanálisis – en una ruptura epistemológica con las ciencias naturales – al campo de la antropología estructural y la lingüística, utilizando el trabajo de Saussure y Lévi-Strauss; y algún tiempo después al campo de las matemáticas, la lógica y la topología. El psicoanálisis sería entonces una ciencia, homóloga a la función y el campo de la lógica, un campo que él definiría como “la ciencia de lo real”. La lógica como ciencia de lo real; y quizás el psicoanálisis podría ser también ciencia de lo real.

Pero en su Seminario, durante esos mismos años, Jacques Lacan añadió algo más: El psicoanálisis no es una ciencia, es una práctica que se ocupa de algo real, un real diferente del real del que se ocupa la ciencia [2]. Por lo tanto, siguiendo esta afirmación, se puede plantear la pregunta: ¿Cuál es el real del que se ocupa la ciencia, y cuál es ese otro real del que se ocupa el psicoanálisis? ¿Y cuál es la relación entre ellos, si es que hay alguna?

Este será, por otro lado, el tema del próximo Congreso Internacional de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, que se celebrará en París en el próximo mes de abril, bajo el prometedor título de: “Un real para el siglo XXI”. Espero arrojar algo de luz sobre esta cuestión en el día de hoy.

 

Reales diferentes

En primer lugar, tenemos que distinguir dos registros que no deben ser confundidos nunca: tanto en la ciencia como en el psicoanálisis lo real no es la realidad. De hecho, incluso la física de nuestros días subraya esta distinción como necesaria para construir su objeto y su práctica. El progreso mismo de la ciencia ha sido fundado en esta distinción: lo real calculado y construido por la ciencia no tiene nada que ver en última instancia con la realidad de la materia.

Como Jacques-Alain Miller señaló en la presentación del tema del Congreso: “no ha sido posible hacer una equivalencia entre lo real y la materia; con la Física subatómica, los niveles de materia se multiplican”. Y hay que decir que el artículo determinado La en la expresión “La materia” no existe como una cosa universal, que “La materia, al igual que el artículo universal de La mujer, se desvanece” [3]. Conocen, quizás, la sorprendente afirmación de Jacques Lacan en los 70 ‘: “La mujer [como un universal] no existe”, sólo hay una mujer, otra mujer y otra mujer…; deben ser tomadas una por una y nunca forman la clase universal de La mujer. Bueno, con la materia y lo real en la ciencia tenemos la misma cuestión: no hay “La materia”. Lo real concebido y construido por la ciencia contemporánea hace que la materia se desvanezca en trozos de real, trozos que tienen que ser considerados uno por uno.

Por lo tanto, la nueva epistemología de la ciencia afirma que cada ciencia tiene su propio trozo de real, diferente al de las otras ciencias. Podemos decir entonces, como el científico español Javier Peteiro asevera – él es nuestro respetado interlocutor en estos asuntos -, que “hay distintos ‘reales’ en la ciencia; que el Real en Química no es el mismo que en Física, en Biología o en Antropología”. [4] Por ejemplo, el real de la biología, la vida misma, no se puede reducir al de la física. No sabemos aún que es ese real llamado “vida”, hoy tenemos las mismas dificultades para definir la “vida” que hace mil años. El texto inaugural, del físico Erwin Schrödinger – titulado precisamente “¿Qué es la vida?”, de 1947 – preserva su enigma sin una respuesta clara. La vida no es reductible a una combinatoria de átomos, o incluso una combinatoria de genes que, por otra parte, en sí mismos son materia muerta.

Por su parte, el psicoanálisis concibe la vida sólo como fenómenos en el campo del lenguaje, como ese real específico que ha sido llamado “jouissance”; goce. La vida es lo que hace signo de un placer más allá de la homeostasis de energía en el universo. Donde hay vida hay “jouissance”, hay una pérdida de la homeostasis y hay un desequilibrio de energía que introduce a su opuesto en el campo del lenguaje, es decir la muerte.

Y sólo hay vida y muerte para un sujeto de lenguaje, para un ser afectado por ese virus, por ese parásito – como dijo Lacan – que es el lenguaje. Para Lacan el lenguaje parasita al cuerpo. A veces, los científicos se confrontan a este real del “goce” de la vida con algo de angustia, cuando descubren un signo de vida que podría ir más allá de su control y convertirse en su opuesto, en la muerte. Por lo tanto, este real llamado “jouissance” está un poco entre lo real de la física y lo real de la Biología.

Este es un ejemplo del lugar que el psicoanálisis tiene hoy en día en el campo de las ciencias. “Su lugar entre las ciencias” como dijo Jacques-Alain Miller hace algunos años en una conferencia, originalmente en Inglés, que ha sido publicada recientemente en The Psychoanalytical Notebooks con el título, “Psychoanalysis, its place among the sciences (El psicoanálisis, su lugar entre las ciencias)” [5].

“Entre las ciencias” no significa fuera de las ciencias, no significa fuera de la frontera de lo científico sino, por el contrario, en el interior de la ciencia misma, en el espacio entre una ciencia y otra, en los intersticios, por así decirlo. El psicoanálisis se encuentra, entonces, justo en el lugar donde las ciencias descubren ese real que no puede ser definido por sus conceptos, ese real que Jacques Lacan introdujo en los años 60 ‘con la expresión “el sujeto de la ciencia”. Fue la expresión de Lacan para señalar ese real en la ciencia. El sujeto de la ciencia es precisamente el sujeto que el psicoanálisis trata en su práctica, es el sujeto que hace signo de “goce”, de un real que rompe la homeostasis en la vida, el “goce” que emerge en el síntoma como malestar.

Cuando tratamos con el síntoma, nos ocupamos de ese otro real que no puede ser totalmente definido en el campo científico. Esa es la razón por la que Lacan dijo que “el psicoanálisis no es una ciencia” añadiendo, sin embargo, que “no hay ninguna práctica terapéutica que constituya una ciencia, incluso la medicina no es una ciencia sino un arte” [6].

Cuando se ocupan del sujeto, del sujeto de un síntoma, de la singularidad del síntoma en el sujeto que sufre, no hay ciencia posible, siempre se trata de un arte que no puede evaluarse por el método científico. Podemos pensar, tal vez, que Lacan tenía una idea muy exigente de lo que constituye una ciencia y que todos sus esfuerzos para hacer del psicoanálisis una ciencia eran una especie de empresa desesperada. De hecho, en otra clase de su Seminario, repitió esta afirmación: “El psicoanálisis, lo he dicho y lo he repetido hace poco, no es una ciencia; no tiene el estatuto de la ciencia y sólo puede esperarlo, anhelarlo ” [7].

Esto significaría que el psicoanálisis – una práctica que es un producto, un efecto de la ciencia moderna – no es una ciencia todavía, sino una práctica que está a la espera de ser una ciencia entre las otras, tal vez en este siglo XXI. Esto puede querer decir que su constitución como una nueva ciencia será operativa en algún momento y que su inclusión en el campo de las ciencias cambiará el estado de la ciencia misma.

 

El método del “uno por uno”

Pero, de hecho, ¿Por qué el psicoanálisis no puede ser considerado como una ciencia en su sentido moderno? Es una pregunta muy simple, una pregunta demasiado simple a primera vista.

El método científico, siguiendo a las ciencias naturales desde el siglo XVII, se funda sobre todo en la cuantificación de los fenómenos. El principio de Galileo se encuentra en sus fundamentos: “Medir lo que es medible y hacer medible lo que no lo es”. Pero, ¿Cómo podríamos hacer medible el sufrimiento subjetivo? ¿Cómo podríamos hacer medible el sentido del sufrimiento y el malestar, el significado subjetivo de un síntoma, incluso el significado de una experiencia o de un acontecimiento significativo en la vida de un sujeto?

Cuando se toma este principio científico y se lo hace extensivo a todo el campo del sufrimiento subjetivo se llega a un pensamiento absurdo. Es lo absurdo de los cuestionarios, etiquetados a veces como “científicos”, que incluyen preguntas como ésta: “¿Se ha sentido feliz en los últimos 7 días? Responda en una escala de 1 a 10” (Es un verdadero ejemplo de lo que se puede encontrar hoy en día en los llamados “cuestionarios científicos ” de psicología). No, no se puede hacer medible el significado de una experiencia subjetiva; hay un profundo error en esa extensión del método científico que llega a lo que es llamado, por el mismo pensamiento científico, el cientificismo. Es decir, la creencia en la aplicabilidad universal del método científico, concebido como cuantificación, a todos los fenómenos humanos. Cuando se trata con una experiencia subjetiva no se puede tomar ese principio como guía.

Pero hay un argumento más evidente para decir que el psicoanálisis no es una ciencia, según las condiciones del método científico moderno. Este método requiere al menos la condición de reproductibilidad de una experiencia o estudio bajo las mismas condiciones, obteniendo los mismos resultados.

La condición de reproductibilidad es de hecho una condición ideal, hay muchas teorías científicas que se consideran operativas en ciencia que no pueden ser probadas por la reproducción de la experiencia que las confirmaría.

Pero ¿cómo se podría reproducir la experiencia de una sesión psicoanalítica, o de una interpretación psicoanalítica? Es completamente imposible. Cuando se trata con el sujeto del inconsciente, se lidia con un real que no puede ser reproducido. No se pueden reproducir bajo las mismas condiciones las formaciones del inconsciente que son la emergencia del sujeto del psicoanálisis; no se pueden reproducir bajo las mismas condiciones un sueño y su interpretación; no se pueden reproducir bajo las mismas condiciones un acto fallido, un lapsus o, lo que es más importante; no se puede reproducir el efecto de una misma interpretación psicoanalítica. La interpretación que ha sido eficaz en un caso de neurosis obsesiva, por ejemplo, no necesariamente va a ser eficaz en otro caso de neurosis obsesiva.

El psicoanalista, siguiendo los consejos de Freud, tiene que tomar cada caso como un caso completamente nuevo, uno por uno. Aún más, tiene que poner entre paréntesis todo lo que sabe acerca de otros casos para ser capaz de escuchar la singularidad de ese caso, único. Esta es la razón por la cual definimos a la clínica psicoanalítica de la Orientación Lacaniana como la clínica del “uno por uno”, nunca puede ser reproducida bajo las mismas condiciones. Cada caso tiene su propia demostración y su propia validación por los efectos alcanzados en el tratamiento psicoanalítico.

De hecho, ésta es también una cuestión para muchas de las prácticas científicas existentes. Por ejemplo, en el campo de la Farmacología están los bien conocidos ensayos clínicos para un medicamento, los ensayos clínicos diseñados como aleatorios, los ensayos ciegos y controlados con placebo, los experimentos planeados con un grupo de prueba y un grupo de control. Pero, siguiendo las observaciones de algunos farmacólogos críticos – especialmente después del gran fiasco de la industria farmacéutica con el virus de la gripe A – el mejor ensayo clínico, la prueba más eficaz y fiable es la que se llama “ensayo clínico en un único paciente” [8] . Este consiste en la modificación, de una manera sistemática, del tratamiento de la enfermedad en un único paciente en una serie predeterminada de períodos. Es decir, se prueba un medicamento en un único paciente, tomado en su singularidad, siguiendo sus efectos sin compararlo con otros, “uno por uno”. Se podría pensar que este método es imposible de seguir, demasiado largo y costoso; pero en algunos casos será, sin duda, el más eficaz y el más preciso. En el caso de la clínica psicoanalítica, donde no se puede reproducir la misma experiencia o los mismos fenómenos en las mismas condiciones, es la única manera de verificar la eficacia del método y del tratamiento.

 

“Verdades que sólo uno puede ver”

Aquí tengo que hacer un pequeño paréntesis. Hace unas semanas, estaba en Barcelona trabajando en mi exposición de hoy, tratando de explicar la imposibilidad de reproducir los fenómenos y las formaciones inconscientes, cuando recibí, en ese mismo momento, un e-mail de mi colega aquí en Nueva York, María Cristina Aguirre, con un enlace a un artículo muy interesante publicado en el New York Times.

Un artículo que habla de… reproductibilidad en la ciencia ¡Por supuesto! Fue realmente una coincidencia sorprendente, tal vez una experiencia de eso que Lacan evoca como un “encuentro con lo real”, una verdadera “Tyche”, tomando el término de Aristóteles, la Diosa de la Fortuna. Es un tipo de fenómenos que también interesaron a Jung, discípulo disidente de Freud, en su interlocución con el Premio Nobel de Física, Wolfgang Pauli. Incluso escribieron un texto interesante sobre este fenómeno que llamaron “sincronicidad”, la experiencia de dos o más eventos sin una relación causal aparente. Esta coincidencia es casi una sincronicidad de este tipo, ya que el artículo se ocupa de lo que es imposible de reproducir en el mismo campo de la ciencia.

El artículo se titula “Nuevas Verdades que sólo uno puede ver”, y tiene una serie de observaciones interesantes sobre la cuestión de la reproducción o reproducibilidad en las ciencias actuales. Cito el siguiente párrafo:

“Ha sido chocante advertir en los últimos años que un resultado reproducible puede ser en realidad la más rara de las aves. Replicación, la capacidad de un laboratorio para reproducir un hallazgo de otro, es el estándar dorado de la ciencia, la seguridad de se ha descubierto algo verdadero. Pero eso se está volviendo cada vez más difícil. Con las verdades más accesibles ya descubiertas, lo que queda son a menudo efectos sutiles, algunos tan delicados que pueden ser evocados sólo bajo circunstancias ideales, usando técnicas altamente especializadas”.[9]

Por lo tanto, la replicación no es realmente una práctica común en la ciencia de nuestros días. Esto no es un problema menor o secundario. Una de las consecuencias más importantes, tal como concluye un tal Dr. Ionnidis luego de un meta-análisis de las publicaciones científicas, es que “los informes con conclusiones negativas [de la mayor parte de las experiencias] son más fácilmente ignorados”, llegando a “la conclusión que la mayoría de los descubrimientos publicados son probablemente incorrectos”.

El periodista habla acerca del inevitable “sesgo inconsciente” de los científicos, que puede terminar en un círculo vicioso. Eso es: cuanto más los científicos esperan encontrar resultados específicos y, por lo tanto, construyen su investigación orientándola hacia ese punto; más encuentran la confirmación a través de métodos de replicabilidad. Cuanto más se encuentran con la confirmación de sus experimentos, más son esos experimentos publicados, citados, y más conducen a la perspectiva de una nueva investigación. Como consecuencia, la perspectiva de investigaciones nuevas y diferentes se deja de lado. Desde nuestra perspectiva, podemos decir que esto constituye un buen ejemplo de los efectos masivos de los fenómenos de sugestión que el psicoanálisis descubre como parte de la transferencia. Los científicos hablan de un “conocimiento tácito” de su comunidad que esconde el real que están investigando. El descubrimiento de un nuevo real en la ciencia está reservado – dice entonces el periodista – a “un experimento tan único como un Rembrandt”. De hecho, lo real es siempre “tan único como un Rembrandt”, imposible de reproducir.

Siempre hay algo que no puede ser reproducido en la experiencia y eso a veces es lo más importante, lo que podría llevar a un verdadero avance científico. Sin embargo, precisamente eso es lo ignorado, incluso obliterado, en esas publicaciones científicas que se confirman entre sí en un consenso mutuo. Este punto es, precisamente, lo que podría permitirnos atrapar un poco de lo real, ese real que siempre se escapa del lenguaje y de la investigación.

Voy a cerrar este paréntesis que abrí unas líneas más arriba, señalando que tal vez yo también este bajo el efecto de ese “conocimiento tácito” que existe de la misma manera en la comunidad psicoanalítica, tal como existe en cada campo del saber. Y tal vez este conocimiento tácito que existe entre nosotros sobre el conocimiento inconsciente también esconda el nudo real, el punto real del inconsciente que Lacan ubicó subyacente en el discurso científico. En cualquier caso, he de decir que esta cuasi sincronicidad entre mi exposición y el mensaje de María Cristina, con el enlace a este interesante artículo, es un acontecimiento imposible de reproducir, imposible de repetir en un método científico, como fue también fue un acontecimiento imposible de prever. Y, en este sentido, también es un encuentro con el real del que se ocupa el psicoanálisis.

 

El sueño de Freud en la ciencia

Si tenemos que abordar el real que hace especifica a la clínica psicoanalítica en el campo de la ciencia, es mejor mirar a las formaciones del inconsciente tomadas una por una; como esos fenómenos, tan singulares, que no pueden ser reproducidos de ninguna manera.

Hay un momento inicial del encuentro con lo real del inconsciente que hay que recordar cuando hablamos de lo real. Un momento original en la historia de la ciencia, un momento que es una formación inconsciente, un sueño del mismo Freud. El Sueño que está también en el origen de su texto “La interpretación de los sueños”, un texto que es, de hecho, el desarrollo de este sueño.

Es un sueño muy conocido, llamado “El sueño de la inyección de Irma”, y que está ligado a la cuestión de la sexualidad femenina, del goce femenino; un tema que ha hecho presente un nuevo real en la ciencia y en la clínica, un nuevo real que no puede ser representado de forma completa o consistente porque escapa siempre al conocimiento científico.

¿Dónde está el goce femenino? Será siempre una pregunta con su enigma guardado en el centro del saber. Y es también el enigma que se encuentra en el centro, en el ombligo del sueño de Freud.

El sueño tiene lugar durante las vacaciones de verano de Freud, pocos días antes de su cumpleaños; él acaba de escribir un informe sobre una paciente difícil, Irma, una amiga de la familia cuyo tratamiento no ha tenido éxito. Irma concurrirá a la fiesta de cumpleaños de Freud, quien no se siente muy cómodo con esta circunstancia – con la presencia de Irma – que es también la presencia de un síntoma en la clínica de la sexualidad femenina.

Esa noche, entre el 23 y el 24 de julio de 1895, tiene un sueño que permanece como un encuentro real y singular entre el conocimiento científico y la pregunta acerca del goce femenino. Sólo voy a citar algunas frases del contenido manifiesto del sueño, cuando Freud se encuentra con Irma quien se queja en el sueño de que todas las soluciones freudianas no habían podido curar sus síntomas. En ese punto, Freud escribe:

“Yo estaba alarmado y la miré. Se la veía pálida e hinchada. Pensé que, después de todo, debí haber pasado por alto algún problema orgánico. La llevé a la ventana y miré dentro de su garganta; ella se resistía, al igual que las mujeres que llevan dientes postizos. Pensé que realmente no había necesidad de que ella haga eso. A continuación, abrió la boca correctamente y a la derecha encontré con una gran mancha blanca… “[10].

El sueño continúa, pero es en esa mancha blanca, en ese punto blanco,- esa “grossen weissen Fleck” en alemán – donde el ombligo del sueño encuentra su lugar, el punto real donde todas las asociaciones libres de Freud se detienen. Es en la página en blanco de ese real, tan horrible como se le aparece a Freud, en la que la fórmula química de la Trimetilamina aparece – “impresa en negritas”, señala Freud -, una fórmula de un elemento ligado a la sexualidad. Se suponía que la Trimetilamina era componente del semen, por lo que su fórmula es una escritura de la sexualidad en la página en blanco, en la mancha blanca en la garganta de Irma que era entonces el centro de la angustia de Freud. Son varias las asociaciones que llevan a Freud a la cuestión de la sexualidad femenina, también a la cuestión de la muerte.

En cualquier caso, tenemos en ese punto blanco, en esa página en blanco, el punto que el propio Freud describe como el ombligo del sueño, el punto más real del sueño, dice. Tenemos en esa imagen que permanece en el centro del sueño de la inyección de Irma una excelente imagen de lo real que escapa al saber, un real que es imposible de representar, que es incluso imposible escribir. Es ese real que, en la expresión de Lacan, no cesa de no escribirse – con dos negativos – no cesa de no ser representado. Cuando Lacan intenta formular lo real, no encuentra una fórmula mejor que ésta: lo real es lo que no cesa de no escribirse.

Y podemos concebir la estructura del discurso de Freud, toda su elaboración sobre el saber inconsciente, como una elaboración alrededor de esta página en blanco que se conserva en todos los campos del conocimiento. Esta es, en realidad, la hipótesis del inconsciente; un saber que no se sabe a sí mismo y que ocupa un lugar en todo saber; un saber que es heterogéneo en el campo del conocimiento científico, supuesto conocimiento objetivo de lo real.

El sueño de Freud y su formalización con las leyes simbólicas del saber inconsciente surge, por tanto, como un punto real en el conocimiento científico, como un punto real que estaba esperando ser inscrito en su campo, un punto real que no cesa de no escribirse hasta el momento de la formación de ese sueño, cuando algo de ese inconsciente real deja de no ser escrito.

Cuando el real deja de no ser escrito, tenemos un fenómeno de Tyche, un encuentro con lo real, siempre como una contingencia, nunca como una ley necesaria, prevista o calculada por adelantado.

 

El sueño de las Neurociencias

Ese es el real del psicoanálisis y ahora podemos plantear la siguiente pregunta: ¿dónde está ese real en nuestras ciencias contemporáneas? ¿Es posible atraparlo, encontrar alguna representación de su escritura imposible en el conocimiento científico de nuestros días?

Les propongo la lectura de una referencia actual en el campo de las neurociencias, la lectura de alguien que en algún momento se interesó por Freud y que trata de representar el saber inconsciente en el mapeo cerebral de las neurociencias actuales.

Me refiero a Antonio Damasio, neurólogo, autor de algunos best-sellers de difusión científica, el último titulado “Self comes to mind. Constructing the concious mind”. En este trabajo, Antonio Damasio propone una representación, una cartografía del cerebro que sería a su vez una cartografía de la realidad, inclusive una cartografía de lo real. Aún si él propone la idea de la cartografía sólo como una abstracción útil, el procedimiento del mapeo de la actividad cerebral es hoy un procedimiento muy sugestivo publicado ampliamente en todo tipo de prensa con las coloridas imágenes del FMRI (las iniciales, en inglés, de imágenes por resonancia magnética funcional).

Toda la actividad del pensar, todos los pensamientos humanos podrían ser representados en este mapeo cerebral; incluso los pensamientos inconscientes, por supuesto. Inclusive la mancha blanca y la escritura de la fórmula de la Trimetilamina en el sueño de Freud. Esta es la meta ideal de las neurociencias: cartografiar lo real de los pensamientos humanos.

Pero el inconsciente real es imposible de cartografiar, tan imposible como el real mismo, que no cesa de no escribirse. El inconsciente real será siempre imposible de cartografiar por medio de una resonancia magnética, al igual que esas secciones que en los mapas antiguos estaban señaladas como “Terra incognita”, ensombrecida por nubes, una región inexplorada en la que sólo se podía leer: “Hic sunt Dracones” – aquí hay dragones – seres imposibles, pero no tan irreales. Para atrapar dragones en la tierra desconocida del inconsciente real, la resonancia magnética es absolutamente inútil; hay que probar más bien con resonancia semántica, con la resonancia que las palabras y el lenguaje producen en un ser humano, un ser que habla.

El momento más interesante de la lectura del libro de Antonio Damasio es precisamente el capítulo dedicado a Freud y el “inconsciente freudiano”. Tenemos ahí el privilegio de leer el testimonio de Damasio, de la singularidad de su ser, de su propio inconsciente, como en el texto freudiano de “La interpretación de los sueños”. Al contrario de Freud, Damasio no extrae ninguna consecuencia de sus sueños. De hecho, dice que se esfuerza para recordarlos, pero a menos que los escriba, desaparecen. ¿Todos? No, no todos. Hay por lo menos un sueño que se resiste a desaparecer de la mente científica de Damasio, “una suave pesadilla recurrente”, tales sus palabras; una formación del inconsciente que generalmente viene a su mente la noche antes de dar un discurso.

El propio Damasio confiesa su inquietud cuando alguien le invita a dar una conferencia sobre el tema de Freud y las neurociencias: “Es el tipo de asignación se debe rechazar enérgicamente”, escribe. Y entonces, aquí está la suave pesadilla que le molesta, con su mensaje del inconsciente real: “Las variaciones siempre tenían la misma esencia: llego tarde, desesperadamente tarde, y algo esencial falta. Mis zapatos pueden haber desaparecido; o la sombra de mi barba se está convirtiendo en una barba de dos días y mi máquina de afeitar ha desaparecido; o el aeropuerto ha cerrado con niebla y no puedo viajar. Me tortura y me avergüenzo a veces, como cuando (en mi sueño, por supuesto) me acerco al escenario descalzo (pero en un traje de Armani). Por eso-añade Damasio -, nunca me dejo los zapatos para lustrar fuera de una habitación de hotel ” [11]

Es de hecho en uno de esos sueños de repetición donde Freud encontró la presencia de lo real con sus efectos traumáticos, en forma de una repetición que está siempre más allá del principio del placer. Por supuesto, necesitaríamos las asociaciones de Antonio Damasio sobre cada elemento del sueño para desarrollar las resonancias semánticas que se tejen en el texto de su inconsciente. Pero hay algo muy claro en este texto, algo que siempre falta, algo que el sujeto siente como una falta, algo perdido o desaparecido que lo tortura. El inconsciente real es precisamente esta falta, esta ausencia, este lugar imposible de representar en el mapa, este lugar donde el sujeto Antonio Damasio llega siempre tarde, desesperadamente tarde, demasiado tarde para decir que el inconsciente estará siempre ausente del mapeo cerebral.

Este es el inconsciente real que no cesa de no escribirse, que no deja de no ser representado, pero que insiste en ser escrito en el sueño del sujeto. ¿Y cómo insiste en ser representado? Insiste en ser representado como una falta, como una ausencia, como una perdida, como la falta de los zapatos que están tan presentes en su ausencia; que “por brillan por su ausencia”. Y no hay necesidad de dejarlos fuera de la habitación para ser lustrados, es suficiente soñar con ellos como el objeto faltante, como el objeto más real. El sujeto pierde este objeto en la medida en que él siempre llega tarde a su reunión con el inconsciente freudiano. Todos llegamos siempre tarde. El inconsciente real es esos zapatos que Antonio Damasio teme perder y que no cesan de no estar fuera de su habitación de hotel cada noche antes de su discurso imposible, su encuentro imposible con el inconsciente freudiano.

Los zapatos de Antonio Damasio son, por lo tanto, una imagen brillante, como cualquier otra formación del inconsciente, como cualquier otro síntoma, para revelar el real con el que tiene que lidiar el psicoanálisis, el inconsciente real que sólo el sujeto puede decidir descifrar.

Hay una posición ética con respecto a esto, se puede pasar de eso o se elije descifrarlo, es una elección. Pero, por supuesto, para ello sería necesario primero admitir que esos zapatos, como un elemento simbólico, son un objeto interesante para representar el inconsciente como un cerebro.

 

La tinta roja de lo real

Podemos volver ahora a nuestra primera pregunta acerca de la para nada obvia relación entre el real de la ciencia y el real del psicoanálisis. Podemos llamar a esta relación como el inconsciente real que permanece entre las ciencias, entre el conocimiento de las diferentes ciencias. No es de hecho una relación evidente, porque este real siempre aparece como una página en blanco en el libro de la ciencia.

Para hacerlo más evidente, para darles una breve vista de este lugar, no he encontrado un ejemplo mejor que una historia divertida y breve que alguien llamado Slavoj Zizek estaba contando hace poco, aquí en Wall Street, a algunas personas, tal vez sin extraer las consecuencias más interesantes. La breve historia es como sigue:

“Un hombre fue enviado de Alemania Oriental a trabajar en Siberia. Sabía que su correo sería leído por los censores. Así que le dijo a sus amigos: Vamos a establecer un código. Si la carta que reciben de mí está escrita en tinta azul, es verdad lo que dije. Si está escrita en tinta roja, es falso. Después de un mes sus amigos recibieron una primera carta toda escrita en tinta azul que decía: todo es maravilloso aquí. Las tiendas están llenas de buena comida. Las salas de cine exhiben todo tipo de excelentes películas norteamericanas. Los departamentos son grandes y lujosos. Lo único que no se consigue es tinta roja”.

De hecho, nos falta la tinta roja para decir toda la verdad; y esa es la razón por la que Lacan dijo que sólo podemos medio-decir la verdad, que es diferente de decir: hablar verdades a medias. Hay una imposibilidad lógica para decir toda la verdad o todo lo real, por el inconsciente.

Nos falta la tinta roja, inclusive para decir que lo que estoy diciendo es falso. Pero la verdad habla por sí misma en lo que estoy diciendo, siempre más allá de mi voluntad consciente. Como decía Lacan: “Yo, la verdad hablo”, la verdad habla más allá de esa tinta azul que es la única que tenemos para hablar.

La ciencia se basa en la creencia de que uno puede deletrear y escribir todo lo real en tinta azul, que se puede decir la verdad del conocimiento que está escrito en lo real, sin ninguna falta. Sin embargo, esta creencia sólo dura hasta cuando uno se da cuenta de que algunos zapatos faltan definitivamente, que la tinta roja siempre va a faltar en cualquier discurso.

Por lo tanto, voy a decir como conclusión que el psicoanálisis es la tinta roja de la ciencia, como el sujeto del inconsciente es la tinta roja del discurso científico. Ambos, el inconsciente real y el psicoanálisis mismo están esperando ser escritos en tinta azul. Sin embargo, debemos tener cuidado, si se da el caso, uno podría conseguir, como el objeto más importante siempre faltando al deseo del sujeto, sólo una página en blanco para ser leída, con las resonancias semánticas que el lenguaje nos ofrece en la palabra “leer”[12].

Traducción del inglés: Nicolás Bousoño.
* Conferencia en Barnard College, Nueva York, 14 de febrero de 2014. Doy las gracias a Howard Rose por su corrección de este texto.

NOTAS

  1. Publicado en Scilicet n º 6-7. Du Seuil, París 1975.
  2. “Une pratique qui joue d’un autre réel” S. XIX, p. 240.
  3. Miller, J. A. “Un real para el siglo XXI”, presentación del IX Congreso de la AMP. Accesible en: http://wapol.org/es/articulos/Template.asp?intTipoPagina=4&intPublicacion=38&intEdicion=13&intArticulo=2468&intIdiomaArticulo=1
  4. Peteiro, J “Lo real de una ciencia a la otra, y retorno”, contribución al IX Congreso de la AMP. Accesible en: http://www.congresamp2014.com/es/template.php?file=Afinidades/Textos/Javier-Peteiro-Cartelle.html
  5. Miller, J. A. “La ciencia y lo Real”, en Psychoanalytical notebooks 27, London Society of the Nerw Lacanian School, septiembre de 2013. La conferencia fue pronunciada en 1988. http://londonsociety-nls.org.uk/Publications.htm#27
  6. En una entrevista en el “Figaro littéraire” por Gilles Lapouge, 1 er diciembre de 1996, n º 1076.
  7. Lacan, J. El Seminario, libro XXIV,” L’insu Que sait de l’une-bévue s’aile à Mourre “(inédito) “El psicoanálisis, lo he dicho, lo he repetido hace poco, no es una ciencia. Él no tiene su estatuto de ciencia y no puede más que esperarlo, añorarlo”.
  8. Nos referimos aquí a los estudios de Joan-Ramon Laporte, director del Instituto Catalán de Farmacología, “Principios Básicos de Investigación Clínica”, AstraZeneca, Barcelona 2001.
  9. Johnson, G. “Nuevas Verdades Que sólo uno puede ver”, en The New York Times, 20 de enero 2014.
  10. Freud, S. (1900) “La interpretación de los sueños (primera parte)”, en Obras Completas, Tomo IV. Amorrortu, Bs. As. 1984.
  11. Damasio, A. “Self comes to mind. Constructing the conscious mind”, Ramdom House, New York 2012. Accesible en:http://ahandfulofleaves.files.wordpress.com/2013/07/self-comes-to-mind_damasio.pdf
  12. N. del T. Juego de palabras entre red (rojo) y read (leer/leyó).