POLITICA, PARTIDO, REPRESENTACION Y SUFRAGIO (BADIOU ALAIN)

Estimados amigos comparto este artículo (tomado de la pagina web del Grupo Acontecimiento) de Badiou sobre estos temas esenciales para una política emancipación, espero que se abra un debate, espero sus opiniones. Saludos cordiales. Lic. Roberto Torres. 

Nuevos comentarios Quiero decir que mi pensamiento sobre la política no es el resultado de una especulación lógica o una simple consecuencia de la filosofía, sino el resultado de unos veinte o veinticinco años de actividad militante. Por consiguiente, encuentro inadecuado que se pueda invocar contra mis posiciones la “lógica de la vida”. El problema que discutimos no habla respecto a la lógica de la vida, sino, sí, a la existencia de una lógica de la política. La política está asentada sobre un cierto número de principios. Así, podemos hablar de axiomas de una política de emancipación. La política, como toda forma de pensamiento, debe estar sometida a una forma de coherencia, de consistencia, todo eso puede ser llamado lógica de la política. Estoy convencido de que es necesario renovar, transformar la lógica de la política con relación a lo que fue el modelo anterior aquí denominado una simple lógica dialéctica, esto es, una lógica de la contradicción, contradicción de clase, contradicción entre las masas y el Estado, contradicción en el seno del pueblo como decía Mao Tse-tung.  ¿Será que ese sistema hoy constituye o no una lógica suficiente para una política de emancipación? Tal es la verdadera cuestión, que es una cuestión para el militante. I. Abstencionismo Quiero decir que no soy abstencionista. ¿Qué viene a ser un abstencionista? Alguien que, estando de acuerdo con los valores parlamentarios, alguien que no admitiendo otra política sino esa, por tal o cual razón no siendo los candidatos de su agrado, o, aun, alguien que, no teniendo convicción o siendo apolítico, se abstiene de participar del proceso electoral. En sentido estricto, el abstencionismo nunca fue una política; se trata, es cierto, de una ausencia de política, una falta de política, y tendrá que ser comprendido en el interior del sistema representativo parlamentario. No soy abstencionista de ninguna forma. Mi posición es que la política no encuentra necesariamente en su camino la cuestión del voto. Los lugares donde la política está necesariamente en juego no son los lugares donde la elección se procesa necesariamente. Se trata de otra cuestión, la cual no se reduce a saber si nos abstenemos o no de participar en elecciones. En rigor, importa poco si el pueblo vota o no; empero, no haremos campaña para que las personas voten o no. El punto que importa es que en esta actividad particular, el voto, una cuestión que se sabe que está subordinada a la cuestión del gobierno y del Estado, empero todavía halla por ocasión del voto una punta de verdad que hable respecto a la política de emancipación tal como la defino. Evidentemente, el abstencionismo no es una orientación, ni tampoco una política. El verdadero problema estará definido en los siguientes términos: ¿Consideramos o no la actividad electoral, su organización estatal y constitucional, como un lugar de la política? En ninguna hipótesis se debe confundir mi posición con la cuestión que consiste en saber si tenemos que votar o abstenernos. II. ¿Elección equivale a la adaptación y al orden? Que la participación en elecciones sea una forma inevitable de adaptación al orden, indica la verdadera naturaleza de la discusión. ¿En qué medida una política de emancipación, que es necesariamente una política de ruptura con el orden establecido, puede ser una adaptación a 1 Traducido del portugués por Delfina Fernández Frade. acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 2 ese orden? La cuestión que en todo movimiento socialista revolucionario fue discutida ¿los socialistas deben o no participar del gobierno? era la cuestión del ministerialismo. ¿Los socialistas deben o no participar de las elecciones? En caso de que participen, ¿con qué objetivo lo harían? Será a título de propaganda y de agitación o será la elección un momento de lucha por el poder? La cuestión de saber si la participación en las elecciones sería una forma de inscripción en el orden de las cosas es un viejo debate. En realidad estamos en condiciones de proponer un balance: ¿Dónde y cuándo la participación en elecciones, o incluso el éxito en las elecciones, fueron capaces de provocar una ruptura significativa en relación al orden establecido? Podríamos también indagar: En las elecciones, ¿Quién se adapta a quién? ¿Será el revolucionario o el militante de una política de emancipación que se adapta al orden? ¿O será el orden que se adapta a las nuevas fuerzas políticas? En Francia, tenemos una larga experiencia de participación en elecciones. Tuvimos, durante períodos bastante largos, gobiernos de izquierda; tenemos en este momento un Presidente de la República que está afiliado al Partido Socialista. Lejos de influir sobre la naturaleza del orden establecido, fue lo inverso lo que ocurrió, a saber, las normas propias de ese orden establecido pasaron a imponerse a los partidos políticos a través de la figura del gobierno y de la participación en las elecciones. Se hace necesario no subestimar el poder del orden establecido y del lazo constituido por las elecciones. Las elecciones son un momento de organización del orden, que, al final de cuentas, es el orden del Estado; quien participa de ellas no es jamás inocente. Si tuviésemos resultados positivos a lo largo del siglo, tratándose de la participación en elecciones por parte de las fuerzas progresistas o emancipadoras, nosotros ya lo sabríamos. Como no tenemos noticia de esos resultados positivos, ya es tiempo de interrogarnos si es un camino practicable y pertinente. III. La representatividad Es imposible construir formas de participación democrática a partir del concepto de representación. De inmediato, vamos a interrogarnos sobre el concepto de representación ¿qué significa representar? Si consideramos que la política es directamente el efecto de la existencia de clases, podríamos decir que la representación es la representación de clase. Era así como se presentaban los partidos comunistas. Ellos se presentaban como los partidos que encarnaban, manifestaban, la existencia política de la clase obrera. ¿Quién creería, hoy, en semejante propuesta representativa? Esta concepción, un partido como órgano representativo de clase, fracasó enteramente en el sentido de crear formas de participación democrática. En todos los lugares donde se intentó relanzar la participación democrática, eventualmente bajo alguna otra forma, se hizo necesario abandonar el concepto de representación. Así, conocemos lo que fue llamado democracia directa, democracia de masas, democracia de asamblea. Finalmente, sabemos que la actividad política se autoriza desde sí misma y nada más. La actividad política no tendrá que buscar garantías para ser una actividad representativa, por una razón esencial: las colectividades, los conjuntos a ser representados, son en la actualidad manifiestamente inconsistentes. No podemos hoy hablar de clase como si fuese una totalidad consistente, no podemos hablar de un pueblo como si fuese una realidad consistente. Todas las realidades colectivas están escindidas, todas ellas son dominadas por principios de exceso, principios de vacío, principios de resto. Así, la idea de representación es una idea inconsistente. Por consiguiente, la invención moderna de la democracia es una invención que no pasa por el concepto de representación: por un lado lo que tendrá que ser representado es inconsistente, por otro lado, la idea de representación, nuestro siglo lo demuestra, es una idea de usurpación. acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 3 IV. ¿Un sujeto infinito y su carencia? La cuestión de la relación política/infinito es una verdadera cuestión, tanto que ella puede parecer en principio de cuño filosófico. Una buena parte de los fracasos del período anterior viene del hecho de que creíamos que la política tenía que ver con lo finito y sólo con él. En un primer momento, porque reducíamos la complejidad de las situaciones políticas a una contradicción simple y esa contradicción simple o ese sistema de clase o de alianzas de clases era la matriz finita de toda situación política posible. En otro momento, porque pensábamos que buscábamos objetivos a ser alcanzados en un tiempo determinado, tiempo recortado como tiempo de la revolución, tiempo de la transición y, finalmente tiempo del comunismo. Tanto del lado de las situaciones, como del lado del tiempo, teníamos una posición frente al proceso que consistía en colocarlo bajo la ley o bajo el yugo de un cierto tipo de finitud. Aquí también estamos en condiciones de presentar un balance de todo eso y encarar las cosas bajo otro punto de vista. Primeramente, las situaciones son esencialmente infinitas. Siendo así, tendremos que darnos cuenta de que una política aborda tan sólo algunos puntos de la situación: ella jamás puede pretender tratar acerca de la situación entera. La situación entera, en su infinitud singular, excede siempre los recursos del proceso político. Es necesario decir, como Lenin, que la situación va a ser aprehendida gracias a varios hilos conductores y no bajo la idea de una mutación integral de la situación entera. Existen lugares políticos, existen medios políticos, existen singularidades políticas, pero no existen mutaciones globales, ya que son infinitas las situaciones para las cuales la política sería el agente. En segundo lugar, tenemos que abandonar la idea de que la política pueda alcanzar, en períodos finitos de tiempo, un ideal social por ella representado en la realidad. La política que trata de situaciones infinitas es ella misma una tarea infinita, la infinitud de esa tarea debe estar incluida y mencionada en sus enunciados. No hay un punto ideal al final del cual, en una especie de coronamiento y conclusión, la mutación social de una sociedad pudiera presentarse como completa. No hay principio de completud, ya que la política existe por secuencias, las cuales, en situaciones infinitas, movilizan de manera radical un cierto número de puntos. Agotada una secuencia, lo que se abre, entonces, es la posibilidad de aprehensión, de tratamiento de otros puntos en situaciones infinitas enteramente renovadas. En cuanto al sujeto político, que se constituye en el propio proceso político -ya que no hay sujeto político preexistente, ni potencialidad política que se dé de antemano- en cuanto al sujeto político, él es esencialmente finito. No será del lado del sujeto que encontraremos el infinito político. Tampoco su carencia o su falta encuentra aquí guarida. La infinitud de las situaciones y la infinitud de los procesos, esto es, finalmente, las verdades, dan la medida del carácter finito del sujeto político. Decir que el carácter finito del sujeto político es evidente significa igualmente decir que la política tiene una existencia permanente y estable, pero secuencial y aleatoria. V. Secuencia, tiempo histórico, leyes de la historia La teoría o el pensamiento del tiempo político certifican una ruptura con una concepción neo-hegeliana del tiempo de la historia. No hay un tiempo homogéneo a través del cual se desdoblaría la política en el tiempo de su historicidad. Cada secuencia política posee un tiempo singular: hay una heteronomía de los tiempos y esos tiempos comportan principios de retroacción, de compás, de indecidibilidad, de cerramiento, de abertura, etc. La dialéctica del tiempo es extremadamente compleja, ya que ella debe ser reedificada en cada momento de la singularidad: no hay un tiempo general de la política, ni un tiempo general de la historia. Mi enunciado sobre la historia será que, en realidad, la historia no existe, precisamente porque no es posible concebir la historia sin una teoría unificada del tiempo. Ahora bien, no pienso que acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 4 pueda existir una teoría unificada del tiempo. Cada secuencia política singular prescribe una temporalidad singular para la cual los procesos no son jamás lineales, ni son del orden de la sucesión, de avance o de progreso, sino que movilizan operadores complicados, en particular la relación de retroacción y anticipación. VI. Sociedad de clases Vivimos en una sociedad de clases, de eso estoy convencido. El marxismo como principio analítico, esto es, como disciplina de investigación científica de las sociedades, nada perdió en cuanto a su valor. Nada vino a sustituirlo, además. El problema no reside, por lo tanto, en saber si vivimos o no en una sociedad de clases. El problema es saber exactamente cuál es la relación entre la objetividad de clase de una sociedad y la subjetividad política. Dos modelos se presentan: un primer modelo consiste en decir que la subjetividad política es, en realidad, la interiorización de la objetividad de clase. Se trata, como sabemos, del esquema del pasaje de la clase en sí a la clase para sí, que hace del partido político al mismo tiempo un órgano de representación y de reflexión de la identidad de clase. Ese modelo está enteramente sobrepasado. No digo que le faltó grandeza, fuerza, poder, sino que él está saturado, agotado. Los últimos acontecimientos y sobresaltos de los Estados socialistas sobrevivientes manifiestan el carácter sobrepasado de esa figura. La subjetividad política no se constituye, no puede constituirse, bajo el modo de la interiorización, o aun, bajo el modo de la relación entre lo objetivo y lo subjetivo, lo subjetivo concebido como la reflexión de la materialidad de lo objetivo corresponde a una filosofía del reflejo, o sea, una filosofía del conocimiento del tipo reflejo. El problema será ahora totalmente replanteado, lo que lleva al análisis objetivo de la economía y de la sociedad. Así, la cuestión de la política será totalmente reabierta. Del hecho de que tenemos una sociedad de clases nada se extrae en lo que se refiere a la subjetividad política. Para de ahí extraer alguna cosa, tendríamos que restaurar el modelo del partido de clase como representación y reflexión de la identidad de clase, exactamente lo que ha fracasado. Por consiguiente vivimos en una sociedad de clase, pero tenemos que reconocer que eso nada nos indica en lo que se refiere a las tareas de la política. Así, tenemos que partir de otra figura, esto es, el carácter de clase de una sociedad sería el elemento general a partir del cual se coloca la cuestión de la política, pero los caminos que hablan respecto a una política de emancipación son irreductibles, intransitivos, en relación al carácter de clase de dicha sociedad. Naturalmente, una organización política y un proceso político tomarán posición sobre un cierto número de puntos, que sí, ciertamente presentan una naturaleza de clase. No obstante, entre tomar posición políticamente sobre una serie de aspectos de clase de la sociedad e imaginar que tendríamos la llave del proceso político por saber que la sociedad es una sociedad de clase, hay una cierta distancia. Estoy convencido del carácter irreductible de la política en relación a la infra-estructura económico-social. No es posible representarnos la política como una superestructura que nos remitiese, en términos de subjetividad, al carácter científicamente analizable de la infraestructura económico-social. Para mí, somos remitidos a otro orden de cuestiones: ¿De cuáles acontecimientos significativos depende la Política? ¿Cuál es el principio de ordenamiento interno gracias al cual ella encuentra sentido en cuanto a su propia práctica? ¿Cómo se deja ella pensar a partir de ella misma, y no a partir del análisis científico de la sociedad? He aquí las cuestiones que son las nuestras y que no están en contradicción con el hecho de que nuestra sociedad sea una sociedad de clases. VII. ¿Autonomismo de la base? ¿Equipos autónomos? En mi opinión, para colocar orden en las cuestiones de organización, tenemos que partir de los procesos en curso, ya que es imposible pensar de manera formal las cuestiones de organización. La idea de que habría máximas formales en cuanto a la organización estaba acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 5 ligada a una idea que promueve la idea de representación. ¿Cuál era el principio? El principio era saber cómo la representación estaba organizada, a fin de que la organización fuese representativa de la clase. Cuando se pasaba para el interior de la organización, la cuestión era saber cómo habría fidelidad a esa representación de la clase a partir del interior mismo del aparato organizado. Había un dispositivo complejo, que comportaba organizaciones de masa, ellas mismas intermediarias entre la representación inmediata y la mediación como los sindicatos; después unidades de base, las cuales politizaban a partir del interior esas asociaciones intermediarias que eran las organizaciones de masa; finalmente un sistema jerárquico que concentraba poco a poco la representación para alcanzar una forma de unidad que, en el último análisis era una persona. La única garantía por detrás del uno es la unidad personal. No conocemos otra. En última instancia había un solo dirigente. Y, en ese modelo, pienso que hay, necesariamente, de modo ilegítimo un solo dirigente, ya que ese es el único momento en que, por una especie de convergencia, de mediaciones sucesivas, lo uno permanece visible y preservado en esa persona irreductible de lo uno que es el sujeto individual. A todo eso se le daba el nombre de centralismo democrático, lo que quería decir disposición organizativa de las categorías a través de la representación, modo propio por el cual, gracias a grados sucesivos, la representación circula, alcanzado el emblema del uno, que es el dirigente supremo. Es un modelo que tenía una profunda coherencia, y funcionó durante un largo tiempo. A veces criticado, él siempre resistía, ya que una crítica formal no llegaba a ser ampliamente formulada. Esa crítica siempre fracasaba, pues, si partimos de la idea de representación de base, si la asumimos, es tal solución la que se presentará como la más pertinente. Si abandonamos la idea de representación, las cuestiones van a presentarse de manera bien diferente, pues el principio de organización no será más el principio de representación. El no está más destinado a asumir la representación de un colectivo dado en el interior de un aparato organizativo. Diría que tampoco él es encargado de articular lo múltiple y lo uno. La idea de representación en política es solidaria con la forma por la cual se articulan lo múltiple y lo uno, apuntando justamente a una articulación representativa. Lo uno debe concentrar y representar las virtudes de lo múltiple. Lo múltiple serán los obreros, el colectivo de los obreros, los sindicatos, los equipos de base, las asociaciones. Se puede discutir sobre la autonomía que cabe a cada uno de ellos, pero, en última instancia, ellos están encargados de expresar lo múltiple. La figura de la centralización, encarnada en la figura del dirigente, será la encargada de mostrar cómo esa expresividad de lo múltiple puede recibir de manera representativa el sello de lo uno. Si salimos de la lógica de la representación, ¿qué tendremos que asumir? Tendremos que asumir que no existe lo uno. No hay lo uno en el sentido en que él sería la articulación representativa o expresiva de lo múltiple. Por otro lado, no hay múltiple en el sentido en que él acaba de ser evocado, esto es, casi sustancial, de la clase y de sus organizaciones elementales. Lo que hay, exclusivamente, son procesos políticos. Un proceso político conoce un cierto número de condiciones bastante exigentes. Un proceso político será siempre un proceso localizado, un proceso que se manifiesta en un lugar. La cuestión del lugar es una cuestión bastante compleja. Puede ser una fábrica, puede ser, en otras circunstancias, un país o eventualmente un movimiento: los lugares son cualitativamente diferenciados. Para que haya proceso político, se hace necesario que haya un lugar, se hace necesario que en relación a ese lugar haya una prescripción política mínimamente organizada y que ella se torne manifiesta por medio de enunciados. Llamaremos proceso político a la manera como un cierto número de enunciados, colectivamente organizados, se tornan activos en un determinado lugar y se manifiestan en ese lugar, generalmente en oposición a la manera en que otras políticas actúan gracias a otros enunciados en el mismo lugar y le dan otro sentido. Partimos de ahí: hay política en la medida en que existan lugares políticos en el sentido arriba mencionado. A partir de ahí, el problema no será el de un múltiple y el del uno; el problema es acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 6 el de saber en qué medida los procesos políticos componen una política. En otras palabras, se trata de un problema de enunciados. Una política se manifiesta en sus enunciados, no conozco otra definición. La cuestión viene a ser: ¿Qué enunciado, de inicio localizado en un lugar, puede ser tenido como enunciado de una política, y no solamente como del proceso político del lugar en cuestión? En seguida, examinaremos la cuestión de cómo esos enunciados son llevados, transmitidos. La cuestión de la organización será, en pocas palabras, una cuestión de transporte, transmisión de esos enunciados en cuanto enunciados de una política. Ellos son llevados, en un primer nivel, en cuanto solidarios o resultantes de un proceso político, marcados por la adherencia a un lugar. En seguida, son transmitidos, cuando es posible, cuando ellos pueden asumir el estatuto de enunciados políticos, en cuanto enunciados de una política. La manera en que son transmitidos como enunciados de una política es totalmente dependiente de la cuestión de saber cuales enunciados están en curso. En la medida en que vemos sobresalir enunciados políticos, poseyendo una u otra significación, el principio de transmisión será diferente. Un ejemplo concreto, en la situación que es la nuestra en Francia, llegamos a considerar que algunos enunciados designan la fábrica como lugar político, así como otros designan al país como lugar político. En el primer caso, tendremos enunciados que se refieren a la figura del obrero en la política. En el segundo caso, tenemos la relación política/Estado, la manera en que el país se encuentra ligado a la manera de existencia del Estado. Hay dos familias de proceso político: son ellas las que soportan y transmiten los enunciados de una política. Se trata de una fórmula particular y no de una fórmula general. Lo que es general será dicho: no hay otro uno sino el uno de la política, y los principios de organización están completamente ligados a la manera por la cual se distribuyen los enunciados. Si, en nuestra práctica política, hay comisiones de gente de lugares diferentes (des gens de partout) y núcleos de obreros, será porque, en el estado actual de las cosas, hay esa doble familia de enunciados políticos. Esto es el resultado de veinticinco años de política en Francia, no una máxima universal. Una máxima universal sería decir que los principios de organización, no contando ellos con la garantía de ser representativos, no serán la articulación de lo uno y de lo múltiple. La cuestión es saber como hacer para que los enunciados sean transmitidos de la mejor manera posible como enunciados de una política. La forma partido, que es una dialéctica resultante de los equipos de base/jerarquía, intermediaria/dirigentes visibles, no será una dialéctica considerada oportuna, ni adaptada a la concepción que es la nuestra, ya que ella estaría comprometida con la categoría de representación. El principio organizacional será modificado o susceptible de modificación según el estado de las cosas en términos de proceso localizado y de tipo de enunciado. VIII. ¿El cerco al Estado sin la participación en elecciones está predestinado al fracaso? Tal vez no lo sepamos, veremos. Lo que sabemos es que la idea de cerco al Estado con participación en elecciones fracasó. No cabe decir, en ese caso, que estaba predestinada al fracaso, sino que ella constantemente llevó al fracaso. Ya lo sabemos. Nada hay de sorprendente, ya que la participación en elecciones jamás organizó ni propició un cerco al Estado. La participación en elecciones, sabemos lo que significa. Ella equivale a una ubicación del sistema organizado de las fuerzas políticas bajo la égida del estado. No podemos subestimar al Estado: la participación en elecciones, la idea de alcanzar el poder gracias a elecciones, pueden ser objetivos aceptables. De hecho el Estado reposa sobre una figura de consenso poderoso. Es tal la figura consensual, oscura en cuanto al sistema de prescripciones políticas verdaderas, que impone la ley a las fuerzas que, en la legalidad constitucional, llegan a ocupar las posiciones del Estado. Podemos siempre decir que se trata de una etapa, que enseguida estará el entusiasmo de la masa, movilización de la masa, etc. Personalmente, no acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 7 creo en ese esquema, ni veo que él haya conocido la menor significación, ni la mínima realidad. En general, se pasa un tiempo de entusiasmo popular, tal como el por nosotros, parisienses, conocido en la Plaza de la Bastilla por los gritos de “ganamos…” Pero ¿Qué ganamos ? Vimos ya enseguida, tal vez lo que teníamos perdido. Una vez pasada esa fase, nada persiste. Hay, esto sí, la necesidad urgente, que se impone consensual y conflictivamente, de dirigir los negocios del Estado. La gestión de los negocios del Estado termina por tornar ausente, distante, la prescripción política: las fuerzas políticas no se encuentran en condiciones de prescribir al Estado las máximas que les fueran propias. Señalo que tenemos, por lo menos, aunque haya sido de corta duración, un ejemplo de cerco al Estado sin participación en elecciones: es el ejemplo de Solidaridad, en Polonia. Una movilización intrínseca, una estructuración independiente de la sociedad civil, sin ninguna especie de participación a nivel del Estado -además, no se trataba de elecciones- produjeron realmente un cerco al Estado. Hago alusión a términos empleados por aquellos que ocupaban el Estado: ellos mismos, que ocupaban el Estado, fueron obligados a dar un golpe de Estado en la tentativa de romper el cerco, a tal punto ellos estaban cercados. Además, la experiencia lo muestra, ese cerco no fue roto. Eso no quiere decir que la situación en Polonia sea excelente. Sabemos que ella se parlamentarizó, se normalizó. En realidad, ella es bastante reaccionaria. Lo que interesa en política son las secuencias. Hubo una secuencia que considero bien lograda tratándose del cerco al Estado: recuerdo a ustedes que, en esa época, los Estados en cuestión (los países del Este europeo) eran presentados como monstruos en términos de Estados particularmente totalitarios y represivos. Considerar la idea de un cerco al Estado, gracias a un proceso político independiente de toda participación a nivel del Estado, como imposible, va contra los hechos. He aquí porque ella fue desmentida. En cuanto a la idea inversa, a saber, que vamos realmente a investir contra el Estado y a cercarlo gracias a presiones políticas innovadoras, participando en elecciones o viniendo a ser diputado, ministro o presidente, nada trajo de positivo. Considerar que las estrategias políticas que se establecen en otros lugares que no tienen el voto conducen a la marginalización política o al aislamiento, es aquí ampliamente contradicho por los ejemplos citados. Habría otros ejemplos. Cualquiera que haya sido su destino, el movimiento conocido aquí en Francia entre el ’68 y el ’75/’76 fue una secuencia de una riqueza política extraordinaria, donde tuvimos una tensión y una movilización política considerables, e innovaciones ideológicas importantes. Sabemos que ese movimiento despreciaba fundamentalmente las elecciones. Ese movimiento no se redujo a la marginalidad política, sino que fue un considerable movimiento de masas, mucho más durable de lo que podríamos esperar, ya que varios años después todavía estabamos presos de las consecuencias, de los efectos, de los pensamientos marcados por ese acontecimiento, no teniendo nada que ver, finalmente, con el proceso electoral. Por otro lado, diré que ser conducido a la renegación o a la corrupción es siempre peor que ser llevado a la marginalización y al aislamiento. En cuanto a mí, no deseo la marginalización ni el aislamiento, pero, francamente, prefiero ser marginal y aislado a estar en la posición del Partido Socialista francés hoy. El poder de corrupción del Estado es grande. No hablo únicamente de la corrupción en términos de dinero, que puede ser real, hablo de la corrupción subjetiva. La corrupción subjetiva en virtud de implicaciones en la gestión de los negocios del Estado es extraordinaria. Hay momentos en la historia en que vale más arriesgar encontrarse en la marginalidad que arriesgarse a ser corrompido. IX. Ideas generosas de emancipación en confrontación desigual con las fuerzas del mundo burgués Intento puntualizar cuestiones a fin de saber en qué condiciones una política de emancipación es posible en el momento actual. Se trata de una posición de militante, de un pensamiento de militante, de ningún modo de una cuestión ideológica. En vez de ser una acontecimiento Nº 12 1996 www.grupoacontecimiento.com.ar 8 ideología generosa y global, considero que la política sólo existe en procesos localizados extraordinariamente precisos y singulares. Diría que la política hoy existe raramente. Será a partir de eso, poco y raro, que tenemos que trabajar, no a partir de una representación imaginaria, global o totalizante, al respecto de la emancipación. La apelación a una política de la emancipación se opone a la tradición conservadora o política de estabilización del Estado, todo eso bien lejos de las ideas generosas. La cuestión de saber a partir de qué momento una lucha es desigual es interesante. ¿Cuál sería la norma para establecer lo desigual? ¿Qué es lo que haría que una política debiera ser considerada en confrontación desigual frente a otra? No es fácil responder. Fue fácil cuando se pensaba que la política se resumía a la confrontación burguesía contra proletariado. En algunos casos, el proletariado era más o menos fuerte, en otros, la burguesía era más o menos fuerte. La gente se enfrentaba para saber quién iría a apoderarse del Estado. Pero, si no contamos más con esa visión de las cosas, la cuestión del criterio de la fuerza política será un criterio interno: no será un criterio que pone esa fuerza política en correlación con otras fuerzas externas a ella misma. Aún en el caso de veinticinco militantes que emprendiesen alguna cosa en algún lugar, no los consideraría en situación desigual en relación a las fuerzas de la burguesía, eso nada quiere decir. Mejor no razonar en esos términos. Ya es una buena cosa que la política pueda existir, que ella exista en su lugar, en su sistema de enunciados. Deseamos todos que ella exista con un despliegue máximo de sus capacidades. Si alguien es fiel a un proceso, desea que ese proceso se desenvuelva. En cuanto a la cuestión de saber en qué momento y en qué condiciones ella puede y debe asumir formas de enfrentamiento, tal vez impuestas por el adversario, es una cuestión que se plantea en concreto. No es una cuestión de principio. Sobre esa cuestión, el maoísmo reflexionó largamente. El propio Mao meditó largamente sobre el hecho de que sus fuerzas, en determinado momento, eran inconmensurablemente más débiles que las fuerzas del adversario. La cuestión de saber cómo poner en marcha una política cuando, en apariencia, la relación de fuerzas es desigual, es una cuestión central en el maoísmo, lo que, además, fue origen de una serie de categorías tales como retirada estratégica, carácter local de una eventual ofensiva, trayectoria especial en el espacio político general. Por consiguiente, existe una rica experiencia en este sector. El problema viene a ser el de asegurar la propia identidad, cualquiera que sea la variedad de las circunstancias y el tipo de dificultad impuesto no siempre por el adversario, sino también por las otras políticas. Podemos hablar de fuerzas burguesas, pero nada ganamos con llamarlas así, finalmente. X. Una palabra sobre el psicoanálisis Personalmente, estoy lejos de considerar que psicoanálisis y política se confunden, pero, si procurásemos formular algo analógica o metafóricamente, diríamos que la necesidad de organización, en psicoanálisis, es una necesidad que deberá ser medida en función de los objetivos que ella ansía en términos de enunciado, esto es, finalmente, en términos de saber. No hay una razón mayor que haga que los psicoanalistas estén organizados, a no ser la cuestión de la forma en que se organiza la transmisibilidad del saber. Si adoptamos el método aquí preconizado, tendremos que indagar sobre los procesos de transmisión del saber efectivamente ligados o enraizados en la práctica y en la teoría psicoanalíticas. Hay, en mi opinión, dos registros esenciales: 1) todo lo que gravita en torno al dispositivo del pase; 2) todo lo que dice respecto al cartel de trabajo. Habrá, así, procesos del tipo cartel y del tipo pase. No veo otros. Luego, llegar a una decisión, tratándose de la fórmula organizacional, equivale a buscar los medios que favorezcan el más amplio despliegue posible de esos dos tipos de proceso, de manera de contar con enunciados, tal vez matemas, transportados/transmitidos por esos dos tipos de proceso.